Un poco de tormento será suficiente, lo demás corre por mi cuenta. La conciencia no me dejará en paz, mis escrúpulos me ahogarán en un mar de dudas y será como si nunca hubiese experimentado la libertad ni la razón.
Encadenado en reflexiones interminables, acabo por preguntarme si acaso vale la pena pretender que podré seguir adelante sin que las cosecuencias de mis acciones me cieguen.
¿Quién será mi peor enemigo?
Los principios, o la falta de ellos, pueden ser excelentes verdugos durante esta jornada de destrucción existencial. Porque no puedo juzgar a los demás, pero puedo condenarme a mi mismo ya que nadie es mejor para medir la gravedad de mis acciones.
Qué débil fui al ceder ante demonios mezquinos, dejándome arrastrar por pasiones grotescas y anulando mis creencias. Nada más poderoso que el delito de la autocomplacencia cuando se está dispuesto a pecar por orgullo, y razonamientos lógicos sustentan lo insustentable.
Luchar contra este despreciable sentimiento de culpa que me corroe... ¡Dichosos aquellos sin ataduras morales! No viven la angustia que me consume, ni sufren como suya la amargura. Seguiré adelante a pesar de todo.
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